
Ya apagué la luz y cerré la puerta… ahora estoy sentada en las frías baldosas de mi pieza, esperando que el cóctel de pastillas para dormir haga efecto.
Me escondo, no sé de que… De la vida, del destino, de los gritos, de los viajes para siempre, de los insultos, de las lagrimas, del futuro… De todo ¿o de nada? Quizás todo este en mi cabeza.
Hace unos días salí, sin rumbo e hice la estupidez que siempre me atrajo, subirme a un bus y solo viajar, sentir las vibraciones del motor, mirar y mirar caras, casa, paisajes, perros, pájaros, postes. Sentir que estas perdido y a la vez en casa.
Me baje en plena carretera y caminé por esas bifurcaciones de tierra que tiene el camino. Caminé hasta el atardecer y me senté a contemplar como un sol rojísimo se escondía tras los cerros. Una paz indescriptible me atacó, una armonía invadió mi cuerpo y ya no me importó más el hecho de no saber en donde me encontraba y mucho menos si era seguro aquel lugar
El estrés que me había diagnosticado el medico había desaparecido, se había quedado amarrado a la puerta de la casa.
Pasé la noche en ese lugar, contemplando el cielo mas estrellado que había visto, quizás porque nunca había salido de esta maldita cuidad. Escuche toda la noche como cantaban los grillos, un árbol me proporciona abrigo esa noche… Era mágico, hasta el pasto era suave.
De pronto dos luces enceguecedoras, amenazantes, me enfocan, avanzan hacia mi, rápido, demasiado rápido, quede inmóvil, cuando reacciones era tarde, era una camioneta y ya estaba muy cerca como para poder escapar de ella…
Desperté, era un sueño, todo era un sueño, la paz, la felicidad, la armonía, el maldito pasto suave, el sol rojizo que se escondía entre los cerros, las estrellas titilantes, los grillos… Todo
Y ahora, adormecida por las pastillas, trato de volver allá. Quizás para siempre, espero que para siempre…
Me pesan los ojos,
por fin, Adiós